Carta al Bardo de Avon

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La literatura universal es como una noche estrellada, un cielo con un sinnúmero de astros cuyas obras les otorgan la brillantez que merecen. Muchas estrellas, en algunos casos antiguas, han sido engendradas de este maravilloso cielo, perdurando su brillo incluso hasta la contemporaneidad. Sin embargo, ninguna de las estrellas al interior de la periferia se comparan con el gran astro sol, que se encuentra en medio del sistema de la literatura universal, claro está, refiriéndome a usted, señor William Shakespeare. Escribo estos honores a usted, en nombre de un estudiante universitario con venidero profesionalismo en el campo de la creación literaria, con la intención de dejar en manifiesto la extrema sensación de pasmo que experimento al tratar con la grandeza de sus escritos.

Primero que todo, permítame decirle que he leído muchas de sus obras, oro puro en mi perspectiva, pues si bien, Miguel Cervantes llegó a la cima del éxito como máximo representante de la literatura española, la parodia de las novelas de caballería que tiene como protagonista al Caballero de la Triste Figura no se compara con sus tragedias y comedias, esas que siempre van acompañadas con un tinte de locura, venganza, desolación y muerte.

Recientemente, leí una de sus obras cumbre, esa historia de un rey autoritario y ciego que no acepta el hecho de que la mayoría de sus decisiones sean completamente erradas. Sí, estoy hablando de “El rey Lear”. Como todas sus obras, logré percatarme de que la temática principal de dicha obra es el desagradecimiento consanguíneo y la senectud, además del típico factor shakespeariano de la locura.

En cuanto a tragedia, tomo a “El Rey Lear” como una reflexión sobre temas filosóficos que entrelaza dos argumentos a través la refracción de los héroes secundarios en los mayores. En su obra, la figura del rey dictador está bien representada, del tipo de rey soberbio que a todo mundo desagrada, pero del cual depende la sociedad que gobierna para evitar caer en una crisis que los destruya.

Por otro lado, Locura y Ceguera son dos factores que usted supo manejar en su obra de manera adecuada. El Rey Lear, por ejemplo, llega a la locura que tradicionalmente se emparejaba con la ira; su paralelo, el Conde Gloucester caerá en la ceguera que tradicionalmente se emparejaba con la lujuria.  El Rey Lear está ciego porque no ve el verdadero amor de Cordelia y la falsedad de Goneril y Regan al igual que Gloucester no reconoce las verdaderas intenciones de sus dos hijos.

Sin embargo, y a pesar de este corto análisis de su obra, lo que más me costó descubrir, pero a la vez lo que más me sorprendió de la misma fue el paralelismo que usted da al final de la historia, el cual radica en una tormenta que se desata a las afueras del castillo, tormenta que va creciendo junto con la locura del Rey Lear.

Quisiera excusarme por este análisis, el cual lamentablemente hace ver esta carta como un simple texto teórico, vacío de un conocimiento filosófico, debido a mi poca capacidad cerebral en ese campo. He de decirle yo que me he quedado sorprendido, de como la cabeza de un escritor tan cuerdo y estudiado puede crear personajes tan mentalmente locos y desordenados. Aunque la gente diga que sus obras son solo contenido vacío de muerte y sangre, para mí son las mejores historias que se han escrito, especialmente porque dichas muertes se justifican con situaciones y acciones cometidas por el protagonista, del cual su mente cada vez más pierde su rumbo.

Una de las grandes razones por las que lo admiro es su influencia en la época que sus obras se ambientaban, refiriéndome específicamente al teatro isabelino. Muchas épocas literarias suelen tener una gran variedad de representantes, con diferentes obras, dándonos diferentes perspectivas de sus movimientos. Sin embargo, usted con sus obras logró trascender fronteras y traspasar los límites de la representación temporal, lo que logró situarlo en la historia como el único y más digno representante de las obras dramáticas escritas e interpretadas durante los cuarenta y tres años de reinado de Isabel I de Inglaterra.

Me parece lamentable el hecho de que no haya gozado en vida del éxito que experimenta ahora, y sinceramente, quisiera que fuera un escritor de la época contemporánea, por tres simples razones. En primer lugar, porque me gustaría observar el crecimiento literario de un verdadero artista, puesto que la época contemporánea sufre de un nada extraño síndrome de presunción que ha hecho que, debido a los cambios negativos de la sociedad, cualquiera con una hoja y un lápiz a la mano se crea narrador, dramaturgo o poeta. En segunda instancia, porque me gustaría observar la entrega de un verdadero Premio Nobel de Literatura, a una persona que realmente lo merezca, puesto que me parece increíble que personas con tan poco estudio en el ámbito de la literatura, como Bob Dylan; tan poco creativos e ingeniosos literariamente, carentes de la capacidad de atrapar al lector, como J.M. Coetze, o con un premio tan patrocinado por la potencia literaria estadounidense del momento, como Gabriel García Márquez; logren ostentar el premio más anhelado por los integrantes de la literatura universal, dejando de lado grandes escritores como Jorge Luis Borges o Franz Kafka. Finalmente, porque como escritor que aspiro a ser, o al menos eso es lo que espero de mi futuro, me hubiera gustado conocerlo, con el fin de que usted, con ese ingenio que lo caracteriza, me hubiera asesorado con un par de consejos para ser un digno representante de la literatura colombiana, y por qué no, la universal.

En la literatura, señor Shakespeare, su nombre es sinónimo de grandeza, ningún escritor ulterior a su vida ha logrado cautivar a tantas personas como usted lo ha hecho. Para mí, reitero, usted es mi gran ídolo literario, su vida y obra son un gran ejemplo a seguir en las situaciones que se avecinan para mí con el paso de los años, caminando por el sendero de la instrucción literaria. Ningún escritor ganador del Nobel puede igualarlo, ni siquiera Gabriel García Márquez, quien es mi ídolo literario colombiano, su creatividad hacen de su obra algo único en la historia de la humanidad. Es por eso que, cuando sea escritor, me encargaré de que todos los colombianos – esos mediocres lectores de 1,6 libros por año – conozcan su nombre, pues Colombia necesita adentrarse en la literatura, y no encuentro mejor forma de empezar que con usted, su máximo representante. Espero que, donde sea que esté, usted logre leer lo que le estoy escribiendo en este momento, para que no solo sepa que tiene un gran fanático, sino también logre observar el gran impacto que causa en nuestra época y literatura. Su grandeza es tan infinita que no me quedan palabras para describirla; por ende, terminaré este mensaje con la profecía de uno de sus grandes contemporáneos y amigos, Ben Jonson, la cual se hizo realidad: “Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad”.