La ciudad sobre el altiplano

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Hace unos largos años, en una cadena montañosa, cuyo nombre desconocemos, se encontraba una peculiar montaña, en cuya cima se encontraba una ciudad de ciento cuarenta y siete habitantes. La ciudad empezó como un pequeño pueblo rodeado de una magistral arboleda, estos fueron retirados por el alcalde, con el fin de dar pie al proyecto “Megaciudad”, que eliminaría por completo las guerrillas que azotaban diariamente a los habitantes. Tal proyecto había convertido a la ciudad en un emblema, por lo que millares de turistas empezaron a llegar en masa, con la finalidad de observar tal particularidad

Por ese instante, todo andaba bien; sin embargo, debido a que el pueblo ya no se valía de la arboleda para la producción de capital, el alcalde de ese entonces decidió crear empresas privadas al interior de la ciudad, con el fin de que sus habitantes ayudaran a contribuir con los ingresos de la misma. Infortunadamente, la ciudad no contaba con transporte, puesto que recién se había renovado, por lo que sus habitantes debían caminar a pie a lo largo de una ciudad que, si no fuera por sus pocos habitantes, sería una de las más grandes metrópolis del mundo. Sumado a esto, la oscuridad causada por los edificios circundantes era el escondite perfecto para los atracadores.

Inconformes con esto, decidieron unirse todos los habitantes, con la finalidad de derrocar al alcalde, pues lo creían un inepto para el cargo.

  • ¡No! ¡Por favor! – gritaba desesperado el hombre – No me echen de la ciudad que amo.
  • Si la amara tanto como dice, ya hubiera solucionado todos sus problemas – dijo uno de los habitantes
  • Lo siento, ¿sí? – decía, con voz temblorosa – Pero son asuntos que no están al alcance de mis manos. Ningún extranjero quiere vendernos automóviles a un precio medianamente accesible para todos y los recursos de la ciudad no son los suficientes aún.
  • ¡Pero precisamente para eso lo subimos al poder! – vociferó una mujer – Para que arreglé todo eso que daña la ciudad.
  • Lo sé – dijo el hombre, dándole la razón a la mujer -, pero como dije, esto se me sale de las manos.
  • ¿Y entonces qué? – manifestaba un anciano, impaciente – ¿seguimos caminando dos horas al trabajo, con el riesgo de que nos roben?
  • Denme otra oportunidad – dijo, tocando el hombro del anciano -. Les aseguro que la situación de la ciudad mejorará.
  • ¿Y quién nos garantiza eso? – gritó una mujer desde la parte de atrás – Hasta la fecha no ha hecho nada, ¿qué podría ser diferente esta vez?
  • Amo esta ciudad – dijo, formando un corazón con sus manos -; por lo tanto, siempre intentaré velar por el bienestar tanto de la ciudad como de sus ciudadanos.

Los ciudadanos, al escuchar tal frase, optaron por aplaudirle, prometiendo dejarle trabajar el tiempo suficiente para que arreglara los intríngulis que les impedían tener una calidad de vida excelente.

Al siguiente día, un hombre vestido de túnica azul se presentó ante la alcaldía, siendo recibido por el alcalde. Los ciudadanos que veían esta escena se veían extrañados. ¿Quién era ese hombre y por qué fue a visitar al alcalde? Al cabo de una media hora, el hombre salió acompañado del alcalde, y este, pidiendo a sus habitantes que los acompañaran, tomaron rumbo a la plaza del centro de la ciudad.

Al llegar al lugar, el alcalde pidió a los ciudadanos que formaran un círculo alrededor de la plaza. Así lo hicieron, aún confundidos por lo que estaba ocurriendo. En ese momento, el hombre que lo acompañaba se paró en miedo del grupo y señaló un ciudadano al azar.

  • Si tuvieras la oportunidad de tener un auto – dijo, mirándolo fijamente -, ¿de qué color lo querrías?
  • Rojo, señor – respondió el hombre, confundido.

Acto seguido, ante la vista atónita de todos los presentes, el hombre hizo un movimiento circular con cada una de sus manos, para luego empujarlas al frente. Apareció un automóvil rojo. El hombre era un mago.

Los ciudadanos estaban atónitos; el alcalde había cumplido su promesa. ¡Y de qué manera! El hombre no guardó curiosidad y siguió preguntando por los colores para los automóviles, hasta que la ciudad completa estuvo dotada de naves lujosas de cuatro ruedas.

Los siguientes días no pudieron ser mejores para los habitantes. Cada uno iba en su carro a su trabajo y volvía rápidamente a su casa, teniendo el suficiente tiempo para compartir con sus familiares. Los hurtos a personas bajaron hasta anularse; puesto que, a la hora de movilizarse, todos estaban protegidos, ya que nadie tenía ganas de bajarse de su automóvil. Las llegadas puntuales al empleo en las distintas empresas aumentaron considerablemente, siendo esto de gran ayuda para el comercio. Así fue durante dos meses.

Una mañana, a eso de las cinco menos diez minutos, los habitantes fueron despertados sorpresivamente por el sonido de sus automóviles. Se extrañaron, ¿quién podría estar manipulándolos? Tal extrañeza aumentó cuando salieron a ver lo que ocurría: eran los automóviles, saliendo de los garajes, sin conductor. “¿Qué está ocurriendo?”, preguntaban repetidamente los ciudadanos. Solo fue caminar dos pasos para saber la respuesta: era el mago, guiando los automóviles con su dedo índice.

Todos los ciudadanos miraban confundidos como los carros eran estacionados por el mago frente al abismo que bordeaba la carretera que comunicaba a la ciudad con las ciudades externas. No entendían cuál era su finalidad. En ese momento, el mago cambió el movimiento de sus manos para hacer que los automóviles avanzaran hasta que quedaran con su capó mirando hacia el abismo. Acto seguido, dejó de moverlas. Los ciudadanos miraban atónitos como, uno a uno, los automóviles chocaban contra las rocas que se encontraban en el camino hacia el fondo del abismo. En ese momento, el mago observaba como una muchedumbre enfurecida se dirigía hacia él.

  • ¡No puedo creerlo! ¿Cómo le permiten realizar tal disparate?
  • Todos los ahorros de mi vida se encontraban en ese auto
  • ¿Dónde está el alcalde? ¿Por qué no ha hecho nada al respecto?
  • ¡Devuélvannos nuestros autos! ¡Los queremos de vuelta en las calles!

El mago procedió a aceptar sus propuestas, moviendo las manos hacia arriba para traerlos de nuevo a tierra. La furia de la muchedumbre aumentó cuando observaron cómo los automóviles que regresaban ya no eran más que pilas de chatarra. Vidrios rotos, parachoques a la mitad y puertas hechas pedazos fueron suficientes razones para que la muchedumbre tomara al mago, para cortarle sus manos. En ese momento llegó el alcalde.

  • Señor alcalde – decía una mujer en medio de su ira -, arreste a este hombre. Está destrozando nuestros autos.
  • ¿En serio pueden ser tan crédulos? – decía el alcalde, en medio de una cínica sonrisa -. Solo bastó un discurso sentimental y un mago de hermano para hacerlos caer en mi trampa. Yo no quiero a esta horrible ciudad, la aborrezco, solo quiero las ganancias que dio, las que ustedes dispararon con el uso de los automóviles. Ahora se quedarán sin nada, y mi hermano y yo seremos los hombres más ricos de la zona del altiplano.

La gente estaba pasmada, no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, la sorpresa no impidió que sus bocas callaran.

  • Usted va a caer, señor alcalde – manifestaba un adolescente -. Estoy seguro de eso.
  • No – respondió tajantemente -. Eso nunca ocurrirá.

Acto seguido, el mago, por orden del alcalde, movió sus manos para hacer que los ciudadanos entraran a los automóviles. Luego, los lanzó al abismo.

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